Bruselas huele a gofres, cerveza y patatas fritas

Llegamos al aeropuerto de Charleroi por la tarde. Después de un curso agotador, por fin junio. Por fin Bruselas, por fin la primera escapada de desconexión absoluta y sin remordimientos.

Era por la tarde y el sol ya empezaba a caer, o al menos esa imagen idílica quiero tener en mi recuerdo, aunque tampoco descarto que fueran algún tipo de ensoñación romántica o alucinación. Solamente hay una manera de llegar a Bruselas (en realidad hay dos, pero ir en tren transbordando en el pueblo de Charleroi sale por el mismo precio y se tarda mucho más tiempo en el trayecto, por lo que no nos merecía la pena), así que, como os imaginaréis, la cola formada para coger ese único autobús es monstruosa. No entramos en el primer convoy, sino en el segundo (y por los pelos). Tienen una frecuencia de unos 20-30 minutos y lo cierto es que son un caos. Nos esperábamos algo mucho más organizado.

Tras una horita de recorrido, el autobús nos dejó en la parte de detrás de la estación de Midi. Desde allí al centro hay aproximadamente veinte minutos (media hora si se va con calma) y el paseo, entre tiendas árabes o amplios bulevares con árboles (dependiendo de qué avenida se coja), es agradable y no se hace largo. De camino al hotel, aprovechamos para desviarnos hacia el Manneken Pis y darnos una vuelta por esa zona de Bruselas. Son calles empedradas, sencillas, salpicadas de iglesias, las terrazas de los cafés y de tiendas de gofres y chocolates.

El olor es dulzón. Huele a azúcar y a chocolate y los turistas nos agolpamos a salivar frente a los escaparates llenos de bombones y gofres. Caímos en la dulce tentación (es imposible no hacerlo) y nos llevamos un gofre espolvoreado de azúcar para ir mordisqueando. Al llegar a la Grand Place, donde desemboca la Gran Calle de los Gofres, ya no quedaba rastro de él.

La Grand Place es un espectáculo: por lo que hay a tu alrededor y por la gente. No hay duda de que, a nivel arquitectónico, es una de las plazas europeas más impresionantes y con mayor encanto que he visto, pero, al igual que pasa en otras grandes plazas (como en Siena, por ejemplo), el colorido y sabor que aportan los grupos humanos sentados en el suelo, comiendo o haciéndose fotos, es incomparable.

Después de un rato admirando la Grand Place, nos desviamos por uno de sus sus múltiples callejones laterales hacia la zona de la Bolsa. Abarrotado de gente joven y paseantes en general, seguimos un poco más hasta llegar al que iba a ser nuestro barrio los próximos días, Ste. Catherine. Un barrio animado, cosmopolita, lleno de cafés, restaurantes, tiendas de moda, vinilos y mayoría de treintañeros. No nos cabe duda de que alojarnos allí fue un completo acierto, tanto por situación como por presupuesto.

Una vez nos deshicimos de las mochilas, salimos de nuevo a explorar. Entre el buen tiempo, que era viernes y que además había Eurocopa (y esa noche jugaba Francia), parecía que toda Bruselas se había echado a la calle. El ambiente era inmejorable, y la sensación de estar de vacaciones… ¡ay, esa sensación! Callejeando sin mapa dimos, por puro azar, con el Delirium Tremens, uno de nuestros objetivos indispensables del fin de semana. No es difícil orientarse en Bruselas, así que lo mejor, en mi opinión, es dejarse llevar y descubrir las cosas sin tener un rumbo determinado.

Nos imaginábamos una carta de cervezas mucho más amplia en el Delirium; tampoco es que las opciones fueran pocas (lo cierto es que costó decidirse), pero bueno, nos habíamos hecho la idea de que sería muchísimo mayor. Nos tomamos una Delirium Tremens y una Delirium Red, y decididamente nos gustó mucho más la Tremens. El bar se fue llenando sobremanera a medida que avanzaba la noche, hasta quedar casi a reventar.

Después de apurar las cervezas, nos hacía falta llenar un poco el buche. Al salir de la zona de callejones nos encontramos un sitio (Café Georgette, que hace esquina) donde se agolpaba la gente con cucuruchos de patatas fritas. No lo pensamos mucho (el estómago manda) y nos pedimos nosotros también un cucurucho de frites con salsa andaluza. Ojo, con el pequeño comen dos personas. No os dejéis llevar por la nomenclatura, para los bruselenses un cono pequeño de patatas es una ración digna de Hodor y podéis acabar como la Moñoño.

Y así dimos por concluida nuestra primera tarde-noche en Bruselas: llenos de gofre, cerveza y patatas, y maravillados con el ambiente joven y distendido que notamos ese viernes por el barrio de la Bolsa y de la plaza de Ste. Catherine.

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