Dónde tomar algo en Lisboa (3) – A Ginjinha

¡Ay, la ginja! La primera vez que la probé, un sábado de marcha por el Bairro Alto, me supo a gloria. Y eso que a mí las guindas me dan bastante asquito, todo hay que decirlo, pero este licor es suave y pasa divinamente.

En Sintra lo probamos en tacita de chocolate (que después te comes), pero la verdadera experiencia la vivimos en A Ginjinha, el sitio típico lisboeta donde se toma. Está muy céntrico (al lado del Teatro Nacional, en una pequeña placita llamada Largo São Domingos) y, según la hora del día, te puedes encontrar más o menos cola. Siempre hay, eso sí, pero avanza muy rápido. Suele haber dos paisanos atendiendo, cuya única tarea a lo largo del día consiste en cobrar y verter la ginja de la jarra a los vasos de chupito. Así todos los días.

En el vaso nos echan, además del licor, un par de guindas, pero no intentéis probarlas: ya os adelanto que saben a rayos. Mejor limitarse a la ginjinha. El trago, un euro y poco. ¡100% recomendable!

Último día en Lisboa: Alfama y el mirador de Santa Lucía

P1070558Dos de las muchas cosas que me enamoran de esta ciudad son Alfama, con su trazado irregular y lleno de cuestas, y los miradores. En este viaje he tenido la oportunidad de adentrarme un poco más en el barrio (la otra vez lo vi casi siempre de noche, aunque también tiene su encanto) y de descubrir a la gente que vive allí a diario, puesto que el día 2 de enero se notaba que el número de turistas había bajado considerablemente. Así, pudimos pasear un poco a nuestro antojo, escuchar fado, ver dónde se vende el pescado (aunque ese día no había mercado), observar algún que otro rincón curioso (un jardín precioso, y al parecer vacío, con vistas al Tajo; un lavadero comunitario; restaurantes lóbregos pero atrayentes…).

Es un barrio que tiene mucho que descubrir y que callejear, y que, si bien hace dos años se caía a cachos, ahora se empieza a remodelar muuuuy poco a poco. Ya se ven algunos andamios aquí y allá, y el mirador de Santa Lucía también ha tenido su lavado de cara: por fin desapareció esa tejavana del infierno donde se tiraban latas, botellas y basura y, a cambio, hay un pequeño callejón que mejora notoriamente la experiencia del mirador.

De los muchos miradores que hay en Alfama y Graça, creo que mi favorito es el de Santa Lucía. Tiene algo que es mágico. Abarca todo el barrio, desde la iglesia de San Vicente de Fora en lo alto hasta la catedral, pasando por el Panteón y los tejados de la parte de Lisboa que mira hacia el sur, por lo que estar allí en un día de sol es algo fantástico. Siempre hay mucha gente, pero el día 2 tuvimos suerte y lo encontramos prácticamente desierto. Todo un espectáculo en las alturas.

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Dónde comer en Lisboa (2) – Antiga Confeitaria de Belém

P1070382Los pastéis de Belém son una de esas maravillas de la repostería que, si pudiéramos, desayunaríamos cada mañana. Y, obviamente, ir a Lisboa y no acercarse hasta Belém para degustarlos debería estar considerado pecado capital.

El paseo en tranvía es, todo hay que decirlo, bastante agobiante. Ya lo es en lunes, día que el monasterio de los Jerónimos (la otra gran atracción, junto con la pastelería y la torre) está cerrado… pues imaginaos un día normal en que esté abierto. La cantidad de gente que puede agolparse en ese tranvía es increíble. Creo recordar que el viaje dura una media hora… o eso es lo que me dio la sensación.

Una vez allí, la pastelería queda justo enfrente de la parada y es difícil no reconocerla con sus toldos azules y sus hordas de gente a cualquier hora del día. Abren a las 8:00 por la mañana y cierran bastante tarde, a las 23:00 en horario de invierno y a las 0:00 en verano. Os podéis hacer una idea del percal.

Hay una cola para pedir y pagar, y después, presentando el ticket, a la izquierda de la barra nos sirven las deliciosas golosinas. También es posible sentarse dentro a tomar un café mientras disfrutamos de los pastéis, generalmente hay sitio (a veces hay que esperar cola) y el entorno merece la pena.

Eso sí: siempre hay que tomarlos calientes (te los dan recién hechos, no como en otros lugares de Lisboa, ¡no los aceptéis ya fríos!) y espolvoreados con azúcar glas y canela. Un gustazo.

Lunes

Últimamente me dan mucha pereza y estrés (no sabría decir si ese es el orden correcto). Hubo un momento, probablemente muy lejano, en el que los lunes eran sinónimo de empezar, de positivismo, de página en blanco, de ganas… uf. Ahora mismo son un coñazo, sinceramente. Pienso en todo lo que tengo pendiente de hacer (y no hago) y qué poquitas fuerzas…

¿Volverán los lunes a ser lo que eran? Ay.

Dónde tomar algo en Lisboa (2) – Chá do Carmo

Deambulando por el Chiado, una zona preciosa para callejear por la Lisboa más nocturna, y después de que toooodas y cada una de las cafeterías en las que entráramos estuvieran completas, dimos con este escondido salón en una de las esquinas del Largo do Carmo, justo frente a las ruinas de la Igreja do Carmo. El dueño nos espetó que cerraban en tres cuartos de hora, pero no tuvimos inconveniente: justo a esa hora habíamos quedado en la cercana estación de Rossio.

Para los que no lo sepan, “chá” es la palabra portuguesa para el té, algo que me encanta. La carta de variedades de té era amplísima, me costó decidirme y casi escogí al azar (y porque era la tercera vez que el dueño venía impaciente a preguntar, se notaba que era Nochevieja y quería cerrar pronto).

Pedimos un café con nata (pintaza) y un té Butterscotch (sinceramente, ni idea de lo que llevaba, pero estaba bien bueno). Y llegó el drama: la tapa de la tetera se me desliza dentro (sí, sí, dentro) de la tetera. Salpica. Los de las mesas contiguas miran (cuatro gatos, PERO MIRAN). Yo no entiendo. Pero la tapa está dentro de la tetera y no hay manera de verter el té sin derramarlo todo por encima de la mesa. El drama continúa mientras intentamos pescar la tapa con dos cucharillas sin quemarnos el dedo. Pero hay final feliz. No hubo nunca té más vacilón, pero qué subidón de temperatura (que se necesitaba) y qué buen rato pasamos. ¡Los hubiera probado todos!

Dónde tomar algo en Lisboa (1) – A Brasileira

Cafetería mítica donde las haya, en mi segunda visita a Lisboa (hace dos años) decidí que tenía que tomarme un café allí sí o sí. Lo conseguí… y repetí. Dos años después, con gente nueva y con el sitio un poco más apretado y concurrido de lo que lo estuvo en mi anterior visita, disfrutamos de un capuccino calentito (y con canela espolvoreada, ASÍ SÍ) en medio de un decorado que te transporta.

Guardad el ticket, por cierto. La encargada del baño os lo pedirá para entrar.

El precio del capuccino (diciembre de 2014), 1,70€.

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Sintra, Cabo da Roca, Cascais, Estoril y la carretera de la costa

El día prometía. Sol y muchos sitios que visitar en una sola jornada, había que conseguirlo. Pues empezamos:

  • Sintra. Qué ganas tenía de volver. Me enamoró de pequeña y quería repetir la experiencia con ojos de adulta… y, aunque no me llevo esta vez el mismo recuerdo adorable y perfecto que entonces, no se puede negar que Sintra tiene un encanto especial. Dedicamos la mayor parte del tiempo a visitar la Quinta da Regaleira, probablemente lo más original y diferente que vimos en todo el viaje: una finca con mansión señorial, lagos, cascadas, grutas secretas, pozos que descienden a las profundidades, galerías subterráneas de roca donde perderte (con linterna, eso sí)… una gozada para los niños y para los mayores. El pueblo, coqueto y turístico, está lleno de tienditas donde venden artesanía, corcho, ginja en copitas de chocolate, dulces y souvenirs varios. P1070508P1070526
  • Cabo da Roca. El punto más occidental de la Europa continental. Lleno de chinos, japoneses, coreanos y malayos haciéndose fotos ridículas con el letrero que da fe de dónde se encuentran. Los aventureros más avezados (y pudientes y también ridículos) pueden hacerse con un certificado de haber pisado ese punto del mundo… por el módico precio de 11 euros. Vamos, que mejor hacerse la foto (cuando los japoneses dejen de hacer poses irrisorias y podamos, claro) y tirar millas. Una curiosidad: si miramos con atención mar adentro, podremos ver hasta delfines. Y supongo que una preciosa puesta de sol, pero no nos quedamos a comprobarlo.

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  • Cascais y Estoril. No sé cuál está primero. Paramos en la segunda. Fue un error. Al menos aparcar era gratis. Stop.

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  • Carretera de la costa, dirección Lisboa. Te ahorras el peaje, la diferencia de distancia y tiempo es mínima… y tienes un paisaje precioso a la derecha para ir disfrutando (si no conduces, claro). Nosotros lo vimos atardeciendo, y fue una pasada.

Dónde comer en Lisboa (1) – Mr. Coco

El día que llegamos a Lisboa, paseando por el centro, reparamos en una hamburguesería/kebab muy cerquita de la Praça da Figueira. Nos fijamos en que los precios de los menús hamburguesa+patatas+bebida eran realmente baratos (4€ de media), así que nos pareció una buena opción para dar un bocado rápido si coincidíamos a la hora de comer por la zona de Baixa.

El sitio está en la Rua dos Franqueiros, caminando desde Figueira en dirección a la Plaza del Comercio, y se llama Mr. Coco. Comimos allí el 31 de diciembre (y bastante tarde, además) y nos pedimos dos menús con hamburguesa, una normal (con lechuga, tomate, pepinillos, patatas paja y maíz) y otra Calabreza (lo mismo, pero sin pepinillo y con huevo y unas rodajas de ¿chorizo, salami?). No estuvo mal. Nada del otro mundo, pero a esas horas lo mismo nos hubiéramos comido cartones de pizza, así que nos supo a gloria.

Con el hambre que había, la foto salió desenfocada, pero para muestra vale igual. Lo más divertido, la marca del agua.

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El extraordinario viaje de T.S. Spivet (2013)

Y para extraordinario (y divertido) lo que nos pasó antes de entrar siquiera a la sala: M., que se encargó de sacar las entradas (por Internet, que es muy tecnológico él), se equivocó de cines y nos metió en una sesión en la otra punta de España: Málaga, Almería, algo así. Después de las consiguientes risas con la taquillera, nos cambiaron los tickets por unos más cercanos a nuestra ubicación geográfica… y pudimos entrar, justitos de tiempo, pero entramos.

La que había elegido la película era yo. No me llamaba la atención lo que había en cartelera (algo de Cameron Diaz de coña, otra de risa, M. ya había visto Transformers…), así que elegí puramente por atracción visual: el póster me enamoró. Me encantan los colores, los que me conocen lo saben, y la casa roja con tejados verdes me robó el corazón. Y el niño y la maleta, claro. Así que le dimos una oportunidad.

En conjunto, aunque al final me resultó algo pesada y lenta, diría que me quedé por la fotografía y la música country. Son las dos cosas que más merecen la pena de la película, y lo que hace que nos mantegamos pegados al asiento queriendo más. El resto, bueno. La historia es simpática, el niño es muy lindo, los decorados y los paisajes son una preciosidad (todo cuidado muy al detalle), los colores y dibujos me encantaron… pero no tira gran cosa. Otro de los atractivos del filme es ver a Helena Bonham Carter haciendo de persona normal, lo cual es ¿turbador? cuando menos. No sé, la prefiero en papeles de loca, es lo suyo y me cuesta verla vadeándose fuera de ese halo esquizofrénico que tan bien le sienta.

Así que me quedo con la fotografía, esos encuadres maravillosos que me dejaron con la boca abierta… y los colores, la estética, los paisajes; todo lo que rodea a la historia está medido y hecho con cariño. No podíamos esperar otra cosa del director de Amélie, aunque ambas películas sean muy diferentes. Pero el toque se nota.

Y me quedo con el niño, claro. Y la casa roja con tejados verdes. ¿Qué tendrán los tejados verdes que me gustan tanto? ;)